Traducción del artículo de Venkatesh Rao — Contraptions.
Estoy leyendo The Relentless Revolution: A History of Capitalism (2010), de Joyce Appleby, y me tiene dando vueltas una idea bastante sabrosa: el pánico por la IA es en realidad una forma de mercantilismo cognitivo. Si consideramos al capitalismo de mercado como la primera inteligencia planetaria, como muchos (yo incluido) lo hacemos, los paralelos son más cercanos de lo que creés.
El libro de Appleby es una historia amplia del capitalismo, desde su improbable surgimiento en la Inglaterra moderna temprana hasta su transformación final del mundo entero. Su argumento central es que el capitalismo no fue la expresión inevitable de algún instinto humano atemporal de comerciar y acumular riqueza. Fue una invención cultural históricamente contingente, habilitada por mejoras agrícolas, la expansión del comercio y el cambio en las ideas sobre el trabajo, la riqueza y la naturaleza humana. En particular, requirió escapar de los supuestos de una cosmovisión más antigua, esencialmente de suma cero, en la que la riqueza significaba controlar tierras, lingotes y el trabajo de poblaciones en su mayoría empobrecidas.
El capitalismo surgió cuando la gente empezó a descubrir que la riqueza podía crearse en lugar de simplemente capturarse, y que la gente común podía ser fuente de demanda e iniciativa, en lugar de meramente trabajo para comandar como factor de producción.
Los paralelos con nuestro momento actual son notables.
Según Appleby, la cosmovisión mercantilista que precedió al capitalismo descansaba en cuatro creencias entrelazadas.
Primero, la riqueza era fundamentalmente escasa y finita. Consistía sobre todo en tierra, el producto agrícola de esa tierra y los metales preciosos que contenía, acumulados mediante minería, comercio y conquista. El objetivo de la política económica era controlar más territorio, mantener una balanza comercial favorable y acumular lingotes. La ganancia de una nación se presumía como la pérdida de otra. La política resultante era una de búsqueda de tesoros y competencia de empobrecer al vecino.
Segundo, no se podía confiar demasiada libertad a la gente común. Se asumía que los pobres eran revoltosos, ignorantes y propensos al desorden si se los dejaba a su suerte. Necesitaban ser gobernados coercitivamente por las élites, supuestamente por su propio bien y por la estabilidad de la sociedad.
Tercero, el pensamiento económico estaba abrumadoramente orientado hacia la oferta y su control. La riqueza venía de controlar recursos productivos y cobrar precios altos por su producción. La demanda agregada, sobre todo la demanda de los pobres, apenas se reconocía como una fuerza económica significativa. La gente común era principalmente un factor de producción. Comía, trabajaba y se reproducía, sin participación en ningún excedente. Los únicos consumidores discrecionales reales eran las élites, que compraban lujos y comandaban todo el excedente.
Cuarto, había pocas razones para imaginar a la mayoría de la gente haciendo algo distinto del trabajo agrícola. Si algo así como el 80% de la población estaba dedicada a una agricultura de subsistencia ineficiente, ese era simplemente el orden natural de las cosas. ¿Para qué más servían? Sacalos del campo y tendrías millones de bocas inútiles que alimentar.
Ahora reemplazá riqueza por inteligencia, y mercantilismo por mercantilismo cognitivo.
Los paralelos son casi vergonzosamente directos.
Primero, la inteligencia se imagina como un recurso fijo encarnado en cerebros humanos y en los productos de conocimiento extraídos de ellos. El objetivo de la estrategia nacional y corporativa se convierte en atraer a los mejores cerebros, controlar su producción, acumular propiedad intelectual y mantener una balanza comercial de conocimiento favorable. El mercantilista cognitivo quiere acumular inteligencia y sus productos como lingotes. La competencia global por talento se convierte en una caza del tesoro de cerebros geniales y las valiosas especies de conocimiento que pueden producir — lo que ahora incluye IAs además de cultura con copyright e invenciones patentables.
Segundo, la gente supuestamente estúpida no es confiable para pensar por sí misma. Necesita ser gobernada por élites cognitivas, que saben más y deben regular el comportamiento de los menos inteligentes por su propio bien. Democratizar la inteligencia es peligroso porque las masas la van a mal usar, van a caer en tonterías o van a desatar el caos. El supuesto es que la inteligencia solo es segura en manos de quienes ya están certificados para poseerla.
Tercero, la oferta de inteligencia se trata como el hecho económico central. Controlar su producción, preservar su escasez y mantener precios altos por cerebros y productos de conocimiento (incluidas las IAs) son las preocupaciones principales. El lado de la demanda apenas se registra. La gente menos inteligente es considerada mano de obra cognitiva limitada y consumidora pasiva de los productos de conocimiento que las élites eligen proveer. No se la imagina como fuente significativa de demanda de inteligencia por derecho propio, y mucho menos como participante en su producción ulterior.
Cuarto, el mercantilista cognitivo asume que la mayoría de la gente no sirve para mucho intelectualmente. Si el 80% de la humanidad está ocupada en trabajo cognitivo de bajo nivel, o simplemente tirando sin producir mucha inteligencia, eso es desafortunado pero natural. Automatizar su trabajo cognitivo simplemente amenaza con crear miles de millones de mentes inútiles que ocupar.
Este último supuesto es donde la analogía se pone especialmente interesante.
La revolución agrícola que ayudó a lanzar el capitalismo empezó a derribar la aparente necesidad de tener a la mayor parte de la humanidad dedicada a la agricultura. A lo largo de los siglos siguientes, las mejoras en la productividad agrícola redujeron la fracción de la población requerida para producir alimentos, de una gran mayoría a una minoría diminuta en las economías avanzadas.
El resultado no fue un mundo lleno de bocas inútiles. Fue un mundo en el que muchísima más gente podía hacer otras cosas además de cultivar, mientras disfrutaba de acceso a muchísima más comida.
Yo no sé cultivar. Apenas puedo mantener viva una planta de interior. Y sin embargo puedo obtener una variedad asombrosa de alimentos, en cantidades que le habrían parecido fantásticas a un campesino de la edad moderna temprana. Mi incapacidad para producir comida es económicamente casi irrelevante. Lo que importa es que puedo consumirla, disfrutarla, desarrollar gustos por ella y dedicar mis energías a otras cosas.
La posibilidad análoga con la IA es que la mayoría de la gente ya no necesite ser productora significativa de inteligencia para convertirse en consumidora significativa de ella.
Y acá es donde el mercantilismo cognitivo empieza a parecer tan pintoresco como su predecesor del siglo XVII.
