Manejás por la 101 en San Francisco y cada cartel publicitario vende alguna empresa de "IA". Todos los planes de negocio tienen la palabra "AI", incluso los que no usan inteligencia artificial en absoluto. Cada diario tiene un titular de IA arriba del pliegue.
Es una burbuja. Pero no todas las burbujas son iguales.
Doctorow identifica dos tipos:
Las que dejan algo. Cuando la burbuja puntocom explotó en 2001, dejó fibra óptica instalada, servidores a precio de remate, oficinas vacías a centavos el metro cuadrado. Pero sobre todo dejó una generación de gente que abandonó la universidad para aprender HTML, Perl y Python en startups — artistas, humanistas, biólogos que históricamente consumían tecnología y de repente la producían. Esa mezcla de talento multidisciplinario fue el combustible de la Web 2.0.
Las que no dejan nada. Crypto y NFTs no dejaron residuo reutilizable. Los físicos que el sector financiero entrenó para generar algoritmos de riesgo defectuosos no pudieron aplicar ese conocimiento a nada útil después. Sin el fraude, no quedaba casi nada — salvo algunos programadores de Rust y mucho arte digital malo.