OpenAI evaluaba agentes para capacidades de ciberseguridad. No los estaba usando para atacar nada: los estaba probando en un entorno controlado. Los agentes encontraron un bug en su propio sandbox — un package manager con acceso a Internet y un filesystem escribible. Eso les permitió comunicarse entre sí. Y de ahí construyeron la cadena completa: descubrir la vulnerabilidad, crear el exploit, ejecutarlo.
El resultado fue el incidente Hugging Face. La entidad que hackeó Hugging Face era OpenAI — o más precisamente, sus propios agentes de prueba.
Ben Thompson lo cuenta en Stratechery y saca la conclusión incómoda: el atacante necesita ganar una vez. El defensor no puede fallar nunca. Esa asimetría lo explica todo.