Acto 1: Claude te dice que no, y vos no podés hacer nada.
Hace unas semanas, usuarios de Claude Fable reportaron algo inquietante: el modelo decidió no ayudarlos. Sin aviso, sin explicación. Simplemente se negó. No fue un outage — fue una decisión editorial implementada del lado del servidor, sobre la que el usuario tiene cero control y cero visibilidad.
Imaginá que tu SaaS depende de Claude para generar reportes financieros para tus clientes. Un día, Claude decide que cierto tipo de análisis está fuera de sus políticas. Tu producto deja de funcionar. Tus clientes llaman. Vos no tenés a quién llamar.
Eso no es un bug. Es una arquitectura de dependencia.
Acto 2: El capacity crunch que nadie te cuenta.
Microsoft — sí, Microsoft — está usando AWS para correr sus propios modelos de AI. ¿La razón? Azure no da abasto. La demanda de cómputo para entrenar y servir modelos frontier superó la capacidad de su propia nube.
Esto no es un chisme de infraestructura. Es una señal de que ni los dueños de la nube tienen capacidad ilimitada. Cuando el capacity crunch pega, ¿a quién pensás que van a priorizar? ¿A tu startup de 15 personas en Córdoba o a sus contratos enterprise multimillonarios?
La respuesta es obvia. Y es la misma para OpenAI, Anthropic, Google. Todos priorizan a sus mejores clientes. Vos no sos uno de ellos.
Acto 3: Tres empresas controlan los modelos frontier.
OpenAI, Anthropic, Google. Tres. Nada más. Cada una con su API, sus términos, sus precios, sus restricciones de uso, sus decisiones unilaterales sobre lo que podés y no podés hacer con el modelo que estás pagando.
Esto no es competencia de mercado. Es un oligopolio de inteligencia como servicio. Y la inteligencia como servicio es el nuevo vendor lock-in — peor que el de AWS, porque no estás lockeado a infraestructura, estás lockeado a tu capacidad de razonar.