Imaginá un pasto compartido. Cada pastor puede decidir cuántas ovejas lleva. Si uno agrega una más, la ganancia es solo para él. Pero el daño —el pasto que se agota— se reparte entre todos.
Si cada pastor razona igual, el recurso común se destruye.
Este es el conflicto clásico entre el interés individual y el bien colectivo. Es la razón por la que no podemos tener cosas lindas si cada uno tira para su lado. Y durante la mayor parte de la historia humana, este fue el problema.
Para resolverlo, la evolución nos equipó con un set de emociones morales automáticas: empatía, culpa, vergüenza, gratitud, ira hacia los que se aprovechan. Son "ajustes de fábrica" que nos impulsan a cooperar sin necesidad de hacer un cálculo racional cada vez.
Funcionan. Gracias a estas emociones somos mucho más cooperativos de lo que seríamos por puro interés. Resolvimos la Tragedia de los Comunes.
Pero al resolverla, creamos algo peor.